El cuerpo existente de lo
literario ofrece formatos diversos por los que el lector
puede acceder a la lectura de infinidad de obras que se
escriben y divulgan en el mercado. Que por múltiples
canales de comunicación puede lanzarse al círculo
editorial una novela, un libro de poemas, un corpus de
cuentos, es una aseveración tan innecesaria como obvia.
Porque la abundancia de posibilidades de acceso a las
producciones literarias ha pasado a convertirse, hace ya
mucho tiempo, en un fenómeno de oferta cuya
hiperproducción nos deja, como lectores, alejados de la
posibilidad de elegir, inermes. Es que el acceso a un
espacio comunicacional ha de implicar una apertura que
se fundamente en la inclusión, una aventura que incluya
al destinatario como sujeto que parta de su propio deseo
para involucrarse, descifrar significaciones, buscar
respuestas a nuevos interrogantes. Sin embargo,
participamos, azorados, de un círculo de producción que
parece apuntar al centro de su propia voracidad: se
escribe para no ser leído, se crea literatura para
alimentar el espejismo de un Narciso que niega su
propia caducidad para entregarse a la orgía solitaria
de la palabra. Y dentro de este vértigo editorial y
creativo se multiplican los canales que transmiten lo
que ha de crecer, inexorablemente, hacia un potencial
infinito: el medio digital parece ser ahora el engranaje
de una construcción imaginaria que se alimenta a sí
misma, como una metástasis plural y mutante que ha de
seguir expulsándonos, cercando nuestras zonas de deseo,
cerrando nuevos –posibles– vínculos de encuentro o sana
disidencia.
Como revista literaria no podemos
dejar de preguntarnos qué espacio de comunicación nos
cabe dentro de este cuerpo productivo cuya hipertrofia
nos concierne porque también nos contiene e involucra.
La idea es lograr expresar lo que ha quedado guardado en
las fisuras, aquello que el lector desea, sin dejar de
recortar lo que sobra, pegar lo que falta, quedando
a la espera del encuentro.