Poemas, por Ana Caballero
   

   


Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, por Juan Bosch
 

   

Ensayo, por Ana María Francia


   
Dramaturgia, por Gabriel Golpe















 



 

     El cuerpo existente de lo literario ofrece formatos diversos por los que el lector puede acceder a la lectura de  infinidad de obras que se escriben y divulgan en el mercado. Que por múltiples canales de comunicación puede lanzarse al círculo editorial una novela, un libro de poemas, un corpus de cuentos, es una aseveración tan innecesaria como  obvia. Porque la abundancia de posibilidades de acceso a las producciones literarias ha pasado a convertirse, hace ya mucho tiempo, en un fenómeno de oferta   cuya hiperproducción  nos deja, como lectores, alejados de la posibilidad de elegir, inermes. Es que el acceso a un espacio comunicacional  ha de implicar una apertura que se fundamente en la inclusión, una aventura que incluya al destinatario como sujeto que parta de su propio deseo para involucrarse, descifrar significaciones, buscar respuestas a nuevos interrogantes. Sin embargo, participamos, azorados, de un círculo de producción  que parece apuntar al centro de su propia voracidad: se escribe para no ser leído, se crea literatura para alimentar el espejismo de un Narciso que niega su  propia caducidad para entregarse a la orgía solitaria  de la palabra. Y dentro de este vértigo editorial y creativo se multiplican los canales que transmiten  lo que ha de crecer, inexorablemente, hacia un potencial infinito: el medio digital parece ser ahora el engranaje de una construcción imaginaria que se alimenta a sí misma, como una metástasis plural  y mutante  que ha de seguir expulsándonos, cercando nuestras zonas de deseo, cerrando nuevos –posibles– vínculos de encuentro o sana disidencia.

     Como revista literaria no podemos dejar de preguntarnos qué espacio de comunicación nos cabe dentro de este cuerpo productivo cuya hipertrofia nos concierne porque también nos contiene e involucra. La idea es lograr expresar lo que ha quedado guardado en las fisuras, aquello que el lector desea,   sin dejar de recortar lo que sobra,     pegar lo que falta, quedando  a la espera  del encuentro.